En las últimas décadas, los aficionados rojillos hemos tenido la fortuna de vivir noches mágicas, especialmente en la Copa del Rey, que han llevado el nombre de Mirandés a todos los rincones del país. Sin embargo, la historia de nuestro querido Club Deportivo Mirandés está repleta de gestas menos mediáticas pero igual de trascendentales. Una de ellas, quizás algo olvidada por las nuevas generaciones, fue el primer ascenso a Segunda División B en la temporada 1977-78.

Eran tiempos diferentes, los últimos coletazos de una España en plena transición, donde el fútbol era, si cabe, aún más puro y pasional. Los campos de la Tercera División, a menudo de tierra o con césped precario, eran verdaderas trincheras donde se libraban batallas épicas. Y en ese escenario, el Estadio Municipal de Anduva se erigía como el fortín inexpugnable de Los Rojillos.

El sueño de ascender a la categoría de bronce del fútbol español no era una quimera para un club modesto como el nuestro. Era una ambición legítima, alimentada por la entrega de una plantilla comprometida y el incondicional aliento de una afición que llenaba las gradas cada domingo. Los jugadores de aquella época, héroes anónimos para muchos hoy, sudaban la camiseta con un pundonor que trascendía lo meramente deportivo. No eran estrellas de millones, sino vecinos, amigos, trabajadores que defendían sus colores con el corazón.

La Tercera División de aquel entonces era un crisol de equipos con historia y canteras potentes. Cada partido era una final. Pero el Mirandés, bajo la batuta de técnicos y directivos visionarios, fue tejiendo una campaña memorable. La solidez defensiva, la garra en el mediocampo y la puntería de los delanteros se combinaron para hacer de Los Rojillos un contendiente temible. No solo se trataba de ganar, sino de competir con orgullo, de demostrar que un equipo de una ciudad pequeña podía mirar de tú a tú a cualquiera.

El colofón llegó con ese anhelado ascenso a Segunda División B. Fue un hito que trascendió lo meramente deportivo. No solo significaba competir en una categoría superior con equipos de mayor entidad y presupuesto; significaba la consolidación del proyecto Mirandés, un espaldarazo a la ilusión de todo un pueblo. Las celebraciones en Miranda de Ebro fueron sencillas pero intensas, un reflejo de la alegría colectiva, del orgullo de haber cumplido un sueño largamente acariciado.

Aquel logro no fue flor de un día. Sentó las bases para el futuro, demostrando que con trabajo, humildad y el apoyo de la grada, el Mirandés podía aspirar a cotas mayores. Aquel equipo del 77-78 nos enseñó que la grandeza no se mide solo por el tamaño del club o su chequera, sino por el espíritu de lucha y la conexión con su gente. Es un legado que perdura en el ADN rojillo y que sigue inspirando cada paso que damos hoy en el Estadio Municipal de Anduva. Recordar aquella gesta es recordar de dónde venimos y lo que somos: un club de cantera, de barrio, pero con alma de Primera.